Cuando terminaba el día en el restaurante, en realidad comenzaba una nueva jornada para mí. Los sábados cerrábamos a las once de la noche, y como la cabañita era bastante insegura me tocaba cargar el restaurante completo dentro de mi viejo Topolino azul, destartalado y vuelto mierda. Y así, con el negocio a cuestas, iba de casa en casa de mis familiares dejando aquí la carne sobrante y allí el mercado de nevera. La verdad es que no entiendo cómo fui capaz de mantener semejante logística tan complicada durante tanto tiempo. Y tras dormir dos o tres horas me levantaba y llegaba en la mañana del día siguiente al restaurante a terminar de limpiarlo. Por suerte desde esos días me ayudó Carmen, una de las primeras empleadas del restaurante y que aún hoy trabaja con nosotros.
